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El ciclista colombiano Fernando Gaviria. / Quick Step Floors

Fernando Gaviria, a la sombra de la locura

El Espectador buscó a Wbéimar, primo del ciclista del Quick Step, para hablar de la infancia de uno de los hombres más veloces del mundo.

De perfil, la misma nariz aguileña, la barba menos tupida. Ya de frente, sin las gafas, los ojos más pequeños, pero la mirada pícara, la de los Gaviria. La sonrisa, con brackets, es similar. Si no fuera por el uniforme del Orgullo Paisa y por la estatura, Wbéimar podría hacer las veces de su primo, Fernando Gaviria. El sonsonete al hablar, la exageración en la punta de la lengua, la pronunciación de las palabras, alargada, es igual, hasta el tono de la voz. Inclusive la manera de reírse. No es una mañana cualquiera en Rionegro, es un día de ciclismo, de sentarse en la acera con una sombrilla, haciéndole el quite al sol calcinante, para ver pasar una y otra vez un lote que rueda despavorido, que pedalea de una manera desesperada, como caballos desbocados. De tomar jugo de naranja, de comer papaya, piña y mango picado. De disfrutar de un deporte en el que no hay que pagar boleta.

Wbéimar se acomoda sobre en un pedazo de cartón en un morrito, deja su celular a un lado y empieza a conversar como si estuviera ensayando una explicación. “Éramos unas papeletas. Bueno, lo seguimos siendo”. Dice eso antes de apelar a la memoria para recordar que cuando pequeños, en la casa de la abuela Anacelia, le prendieron fuego al pasto del solar con la gasolina que tenía guardada un tío en el garaje. ¿Por qué? “Porque, fue charro hacerlo”. Por poco queman la casa, impune, descaradamente. Después, con Andrés, otro primo, cortaron sin clemencia una a una las ramas de las matas de la abuela. Esa vez no fueron los papás los que llamaron a la disciplina, fue la misma Anacelia la que casi los acaba con una correa cuando vio sus plantas despedazadas. Las carcajadas de la travesura hecha puede que la hayan alterado más.

Aprendieron a montar bicicleta uno detrás del otro y aunque no estudiaron en el mismo colegio, veían la forma de encontrarse después de clases para jugar billar en La Bola Roja, donde la hora era a 900 pesos y donde pagaba el perdedor. Desde niños tuvieron el poder de la persuasión, tanto así que el dueño del lugar los dejaba entrar aunque en la pared blanca hubiera un cartel enorme con un “Prohibido el ingreso a menores de edad”.

Desde siempre, Fernando ha sido temperamental, impulsivo, temerario. Tanto así que no le daba miedo encarar a su papá en el colegio La Paz, donde lo tuvo como profesor de educación física, donde lo desafío frente a los demás niños en una muestra de agallas, de puro coraje, de altanería. “Es que ni siquiera con mi tío dándole clases se portaba bien. Se mantenía en la coordinación”. El fulgor del momento no lo elegía, las palabras tampoco. Salían por pura inercia y lo metían en problemas. “Un día estábamos en el parque, haciendo la preparación física, y por bocón Hernando sacó un neumático y le dio tremenda pela”.

Fernando ha seguido sus instintos, su manera de ser, la que le ha dado esa libertad hermosa, la que le generó, por cierto, muchos conflictos. Pero no todo eran travesuras, castigos y peleas. También están los recuerdos de los paseos a Tolú a final de año, en un camión gigante con toda la familia metida en la parte de atrás, en colchones tirados en el tablón de madera para hacer el viaje más llevadero en el carro de carga. Los partidos de micro descalzos, las salidas con la escuela de La Ceja al río Piedra, por la vía a Abejorral, los entrenamientos y las madrugadas en la esquina del parque del pueblo esperando a los demás niños, las carreras, los triunfos, los trofeos guardados en la casa blanca al lado de la droguería en el barrio Villa Laura.

Gaviria demostró que el talento, algunas veces, no es el premio a la insistencia. Que es una habilidad que responde de manera mecánica a pesar de no ser trabajada. “Mire, cuando estaba en primer año de sub-23 entrenaba poco y aún así ganaba. La destreza le daba para eso”. En los Panamericanos de Pista de 2013, en México, fue a participar, a foguearse, a conocer cómo rodaban los demás ciclistas del continente. Ganó la medalla de oro en el omnium, venciendo al ecuatoriano Byron Guamá, nueve años mayor que él. Fue primero en la vuelta lanzada, en la persecución individual y en el kilómetro, tercero en la prueba por puntos, segundo en la eliminación y séptimo en el scratch. Como un fenómeno lo catalogó la prensa de ese país, que cometió un error por su cara de jugador de póquer: lo tildó de tímido e introvertido, hasta de poco hablador.

Con el firme propósito de ganar, por encima de cualquier cosa, es que hoy Fernando es uno de lo mejores embaladores del mundo. La caída en la Vuelta a San Juan apenas es el tropiezo normal del inicio de una nueva temporada. Por ahora, este antioqueño descansa en La Ceja, se recupera de los raspones y espera para ver si su cuerpo le permite estar en los Campeonatos Nacionales de Ruta y en la Carrera Oro y Paz, las próximas dos citas del ciclismo nacional.

 

Tomado de: El ESPECTADOR

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